Huelga de hambre

Elizabeth Burgos

Lunes, 6 de septiembre de 2010

“Su batalla en solitario fue la de un hombre humilde y sencillo, que no podía blandir otra arma que la de su propia vida. La puso en juego con una determinación sobrehumana. Nunca simuló ni montó shows. Simplemente, se dejó morir, casi calladamente”. Así se expresa Teodoro Petkoff en un editorial de Tal Cual a raíz de la muerte de Franklin Brito. Y lo cito porque es de los pocos comentarios que hasta ahora he leído provenientes de Venezuela que le ha otorgado la verdadera dimensión ética y humana al gesto trágico y grandioso de Brito

En dos países de América Latina, Cuba y Bolivia, la huelga de hambre es un recurso que la oposición emplea de manera frecuente. No obstante, pese a tratarse de un método de presión ante el poder, en ambos países no tiene el mismo significado. Mientras que en Bolivia la huelga de hambre, que por lo general se realiza de manera colectiva, se le podría catalogar como un método relacionado con la dinámica de la cultura sindical del país, complementario de los movimientos de protesta que en el país andino suelen desembocar en situaciones insurreccionales. Al contrario de Cuba en donde, – hasta las recientes huelgas de hambre llevadas a cabo por Zapata (que culminó con su muerte ) y Fariñas -, que tuvieron un impacto internacional y contribuyeron de manera decisiva a doblegar la intransigencia del régimen logrando la liberación de los presos políticos -, numerosas huelgas de hambre de una duración difícilmente imaginable se han realizado en el silencio impuesto por la censura absoluta que hasta ahora ha protegido a la dictadura cubana, pues han tenido como escenario las tenebrosas, sórdidas e inhumanas cárceles en donde se practican métodos sofisticados de tortura y en donde la visita de los familiares de los prisioneros – testigos indeseables – son obstaculizadas de manera sistemática. Las huelgas de hambre que han tenido lugar en las cárceles cubanas desde los comienzos del régimen castrista, han significado un último recurso ante las condiciones inhumanas que el régimen impone a los presos políticos: dejarse morir en silencio, ante el silencio que el mundo y la izquierda han observado hacia el totalitarismo cubano, mientras denunciaban las dictaduras de los gobiernos militares del resto del continente. Similar es el caso de Franklin Brito quien decidió ofrendar su vida, no para defender su hacienda o la propiedad privada, como lo han interpretado muchos, habituados a no ver más allá de sus propios intereses, midiendo con el mismo rasero un gesto que atañe al orden de lo trascendente – al preferir morir – “en nombre de algo tan abstracto pero tan poderoso como es el derecho a la vida en dignidad. » Por la defensa de esa dignidad, los presos políticos cubanos crearon la figura del “plantado”: aquel que no se doblega y opone la integridad de su propio cuerpo como única arma de protesta.

La relación mimética que mantiene el régimen del teniente-coronel Chávez Frías con el cubano es de tal magnitud que ninguna iniciativa escapa a esa influencia. El trato que se le dio al caso de Franklin Brito, es copia conforme del trato que el castrismo le ha reservado a los innumerables casos de huelga de hambre que se han dado en las cárceles castristas. El caso más sonado fue el del líder estudiantil Pedro Luís Boitel, miembro del Movimiento 26 de Julio quien normalmente debía asumir la presidencia de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) en 1959, pero como era católico fue desplazado pues, desde 1959 la fractura entre comunistas y no comunistas dentro del propio movimiento revolucionario, era un hecho consumado. Boitel fue hecho prisionero y murió en la cárcel tras haber realizado varias huelgas de hambre; la última duró 53 días. Su muerte causó un hondo impacto pues se trataba de un líder muy querido y popular entre el estudiantado. Armando Valladares, ex preso político, cuenta en sus memorias Contra toda esperanza el calvario que sufrió Boitel hasta su muerte.

Huber Matos, uno de los comandantes históricos del Movimiento 26 de Julio, que también cayó preso en 1959 y purgó 20 años de prisión por oponerse a la abierta y sorprendente orientación comunista de Castro, narra en un alucinante libro de memorias, Cómo llegó la noche, sus experiencias y la de sus compañeros, en las diferente cárceles por las que pasó. El relato de las huelgas de hambre, el proceso de las mismas y el trato de las autoridades a los huelguistas, constituyen uno de los capítulos más densos de la obra y una fuente de primera importancia acerca de ese método de rebelión y el trato que un régimen totalitario le reserva a los huelguistas.

El universo carcelario cubano tiene la característica de que una vez el preso condenado, continúan las vejaciones, las torturas psicológicas, inclusive un método particularmente inhumano, la “recondena” que consiste en una vez cumplida, alargar la pena de prisión a aquello reclusos que se hubiesen negado a colaborar con las autoridades y continuaran manifestando una actitud rebelde, como el caso de negarse a llevar el uniforme de los presos comunes.

Otra característica es la de no inmutarse ante una huelga de hambre. Las autoridades demuestran en esos casos una insensibilidad absoluta. Al prisionero no le queda otra que la de morir o la detener la huelga.

Se equivocan una vez más aquellos que opinan que Franklin Brito murió porque Chávez Frías andaba ocupado en otras cosas: en la campaña electoral o en la revolución mundial y no le quedaba tiempo de ocuparse de lo que para él, son nimiedades. O aquellos que piadosamente dicen que “eso no deberá volver a suceder” en Venezuela. De lo que se debe estar consciente es que la experiencia de Franklin Brito no será única: de perpetuarse en el poder el régimen actual de Venezuela, a los venezolanos que no se dobleguen, como a los presos cubanos, no les quedará otra opción que su propio cuerpo como arma de protesta.

Volviendo al caso boliviano: en Bolivia la huelga de hambre forma parte de la técnica de manifestación. En Cuba es el último recurso que queda para demostrar que en algunos todavía pervive el sentido de dignidad y el deseo de querer vivir en libertad. Quizá el reto que deberán enfrentar los venezolanos deseosos de defender la libertad sea juntar esos dos elementos en caso de considerarse defraudados en la próxima agenda electoral.

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