El declive de los imperios y el eterno recomenzar

Elizabeth Burgos

Domingo, 8 de mayo de 2011

El imperio en ciernes, la China, se prepara a imponer su manera de copar el espacio de poder y de erguirse a su manera como el espacio fálico triunfante

Roberto Matta, el gran creador chileno, (1911-2002) el último del grupo de los surrealistas, solía decir que la razón del ansia de poder de los hombres y su afección a la guerra, era el fantasma de sentirse en estado permanente de erección, y ante la imposibilidad fisiológica de realizarlo, inventaba maneras de compensar ese imposible, de allí que la forma fálica de la mayoría de las armas, de los aviones, de los rascacielos, correspondieran a esa voluntad de demostración permanente de ese poder imposible. Esa frustración se vería compensada con el comportamiento agresivo que desemboca en el instinto guerrero. La expresión permanente de ese deseo imposible es lo que anima a que una región del planeta se convierta en imperio.

Pero llega el momento en que en otra región del mundo surja un nuevo núcleo pleno de vitalidad, animado por un deseo de poder intacto y despoje al imperio en vigor de su capacidad de poder. Desde el siglo XVI hemos sido testigos del decline sucesivos de los imperios que fueron surgiendo tras el fin del Medioevo. El imperio otomano, la Monarquía Católica española, los imperios coloniales europeos (Gran Bretaña, Francia). Hoy parece tocarle el turno a Estados Unidos y no deja de parecer una jugarreta de la historia, el que recayera sobre un descendiente africano administrar la fase declinante de su estatus imperial.

Y pese a la decepción que causa entre aquellos estadounidenses acostumbrados a sentirse el centro del mundo y árbitros de los conflictos, o de aquellos, satisfechos por formar parte de la periferia del mismo, es una evidencia que el debilitamiento de su economía, su inmensa deuda, su obligada complementariedad con la China – de hecho y por el momento, una interdependencia de ambos – estamos viviendo el declive de la capacidad imperial que había desarrollado Estados Unidos, pues ya no posee los medios de imponer su potencia como único eje rector.

La racionalidad del presidente Obama parece haberle hecho comprender el reto que le ha tocado y que haya optado por preservar el estatus de gran potencia: una gran potencia que continuará, por el momento, siendo la primera entre otras que están en fase de emerger como tales, dentro de un espacio mundializado, que se orienta hacia la conformación de diferentes polos de poder.

El dejar de ser el imperio rector, significa que Estados Unidos le confiere la libertad, la responsabilidad, al resto del mundo de hacerse autónomo, en particular a Europa, y por supuesto, a América Latina.

Obama ha sido criticado por su actitud moderada ante la crisis Libia. En realidad lo que demostró fue la imposibilidad de tomar también a su cargo un conflicto más cuando los recortes de presupuesto obligan a EE UU a concentrarse en resolver los problemas cruciales de la crisis financiera que surgió allí, y los de la agenda que heredó de la administración Bush: Irak, Afganistán, Al Qaeda; este último si no resuelto, por lo menos la desaparición de Ben Laden le ha demostrado a su país, en particular a la extrema derecha estadounidense, lo infundado de las acusaciones de negligencia en cuanto a las cuestiones de seguridad de EEUU. Lo que si ha dejado claro, es que le tocaba a Europa tomar sus responsabilidades y asumir la parte que le tocaba en la defensa de la democracia y de sus intereses. Por lo menos compartir los esfuerzos.

Ese mismo esquema de libertad le atañe también a América Latina, muy acostumbrada a culpar al “imperio” de todos sus males. Liberada ahora de las imposiciones de Washington le toca demostrar qué puede convertirse en mayor de edad y asumir los retos de la mundialización. Que no es suficiente haber sido obrero metalúrgico, de tener la piel oscura, o de haber sido obispo –según la valoración que daba Lula de la nueva Latinoamérica – para hacer de ese continente un espacio con una economía viable para dejar de ser la plañidera del mundo, exigiendo ayuda, sin proponer nunca nada.

Cabe preguntarse si Europa y América Latina son capaces de aceptar el reto. La libertad de acción otorga responsabilidades. Es más cómodo ser menor de edad y ser mantenido por su familia aunque a cambio se esté supeditado a la dependencia de la familia.

Mientras tanto, el imperio en ciernes, la China, se prepara a imponer su manera de copar el espacio de poder y de erguirse a su manera como el espacio fálico triunfante. Sin embargo, también allí los conflictos aquejan la sociedad y estallidos de descontento, o expresiones de radicalismos inesperados parecen cernirse en su horizonte. El corresponsal del diario Le Monde, en un reportaje reciente (23.04.11) daba cuenta de que a “la crispación autoritaria del régimen, se le agregaba un regreso de movimientos nacionalistas que se hacen llamar de “la nueva izquierda” cuyo modo de expresión, por supuesto, se realiza a través de Internet y no son prohibidos por el régimen, ni sus militantes apresados por la policía, contrariamente a los militantes pro democráticos, acosados, detenidos o confinados a domicilio.

Los más radicales, los neo-maoístas, se expresan en el blog Jinbushehui, atacan a las personalidades liberales del medio intelectual que consideran como “enemigos de la China”, acusándolos de ser cómplices de Occidente. Sus fotografías aparecen con una cuerda al cuello, como en los mejores tiempos de la Revolución cultural. Al artista plástico Ai Weiwei, apresado en el aeropuerto de Pekín a su regreso de una gira por EE UU, y desde entonces desaparecido, lo tratan de “desecho de la humanidad”, y pregonan que “quienes lo dejan actuar deben ser considerados traidores”. También denuncia la “política diplomática vergonzosa del partido comunista, bandido que vende la China al extranjero” y uno de los blancos preferidos de las críticas de estos radicales, es el primer ministro Wen Jibao, partidario de una reforma política. Aboga también por la “regeneración de la China para aplastar el colonialismo blanco que ha cometido tantos crímenes”.

La divisa de uno de esos grupos radicales, muestra a un panda en armas con una bandera china y un poema de Mao que llama a “eliminar a todos los insectos nocivos”, en donde también aparece la divisa: “en búsqueda del momento glorioso cuando se realice la regeneración de una civilización grandiosa”.

Volvemos al punto de partida y a la repetición de historias pasadas: los mismos fantasmas siguen atormentando a los individuos y los deseos de desmesura de poder los sigue invadiendo.

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